Hoy te quiero contar una historia, pero déjame darte algo de contexto. En estos tiempos, como en los pasados, se tiende a realizar un análisis descriptivo y en ocasiones explicativo sobre la naturaleza humana y el devenir de los tiempos. En estos meses ha acaecido y repuntado en las tertulias televisivas, radiofónicas, podcasters, “youtubiles” (ya me pierdo con estos anglicismos y neologismos) el término “crispación” para describir el estado de comunicación social al que nos avenimos, y no es para menos, ya que no es raro escuchar (u oir) en cualquier punto de la geografía española la descripción de un sujeto airado -con gran gestualidad y movimientos espasmódicos de manos y brazos- que determinado sujeto “cuñadil” contraría sus ideas o valores más intrínsecos y fundamentales y que está transgrediendo la armonía social con sus “peligrosas” ideas.
Creo que todos podemos ponernos de acuerdo con la máxima aristotélica de que el ser humano es un animal político, entendiendo por político que tiende a juntarse en una polis y desarrollar determinadas estructuras jerárquicas y de orden que capaciten su vida, ahora sí, en la polis, por lo que podríamos decir que “el hombre, es un animal eminentemente social”. Un zoon politikón. Esto irremediablemente lleva a que tengamos que convivir con personas que no nos gustan, y esta es una premisa que quizás, estamos perdiendo de vista y como referencia o axioma. Pero sigamos con el preámbulo.
La Psicología es la ciencia encargada de estudiar la conducta humana en todas sus formas, y por supuesto, la conducta gregaria y grupal no iba a ser menos. En concreto, hay dos subramas, la Psicología Social y la Psicología de los Grupos, ambas tienen por objeto de estudio el cómo nos comportamos los individuos o los grupos cuando estamos acompañados. Podemos señalar un sesgo que se denomina Sesgo Endogrupal, y no es otra cosa que la tendencia que todos tenemos a favorecer a nuestro propio grupo a costa del grupo contrario o Exogrupo. Este sesgo, como todos, es la tendencia a cometer errores a la hora de realizar esos “atajos” en el análisis de la información“ y este propicia, entre otras cosas, una tendencia a minusvalorar al otro grupo en todos los apartados que se te ocurran (físicos, cognitivos, intelectuales, y por supuesto, morales, como señala el doctor Pablo Malo en su maravilloso libro Los Peligros de la Moralidad. Ya el eminente sociólogo Gustave LeBon con sus estudios en el siglo XIX advertía y señalaba el peligro del pensamiento grupal y cómo nos “agilipolla”, hablando en plata. Estoy seguro de que si te digo “la masa siempre es estúpida” estarás de acuerdo conmigo, pero y si te digo, que tú (y yo) eres masa cuando estás con tu grupo de referencia, igual no estás tan de acuerdo, pero déjame decirte algo, bajo el amparo de nuestro grupo y bajo las condiciones adecuadas, ellos (el exogrupo) podrían hacer cualquier barbaridad que se te venga a la cabeza incluida la peor de las fechorías. Pero tú también. Hobbes hablaba del estado de naturaleza en el que “el hombre es un lobo para el hombre” y el juicio de Eichmann perfectamente expuesto por mi querida Hannah Arendt lo confirma. Podemos ser unos auténticos hijos de puta bajo las condiciones adecuadas, ya que lo llevamos en el genoma y tenemos toda una historia conjunta, empírica, que nos da la razón.
Como mencionaba al principio, ahora sí, te voy a contar un cuento. Una historia. Un mini relato.
Imagina por un momento a un joven al que llamaremos -mmm- Alan. Alan es un joven que habita en un municipio rural que podría ser tu pueblo, o uno de alguien que conoces, de esos entrañables donde todo el mundo parece que vive en la Comarca de Tolkien, de los que se inclinan a una vida sencilla y tranquila, y que posee una posición muy acomodada por el devenir de su ascendencia. De su cuna vamos. Un terrateniente de los que tienen el dinero por castigo. El joven Alan ha sido elegido diputado unánimemente por el pueblo debido a que es un joven inteligente con ideas brillantes y es querido y amado por todos. Es un joven siempre resuelto a ayudar al prójimo y solucionar problemas, entre ellos, había impulsado el desarrollo de una tecnología que haría que todo el pueblo trabajara menos y produjera más. Todos se enriquecerían. Prestaba dinero como acreedor sin cobrar intereses. Lo que cualquier eclesiástico estaría dispuesto a describir como “Santo” y que como consecuencia, probablemente fuera canonizado a su “partida”.
Alan se levanta una mañana de verano y se levanta feliz porque son las fiestas del pueblo, aunque rápido se trunca su alegría al ver el periódico en la mesa familiar. Su madre, que no sabe leer, le pregunta qué pasa y el bueno de Alan repasa el titular: “Perdemos la Guerra. Duro varapalo para nuestro ejército en el frente occidental”. Para no preocupar, le dice que todo va bien, que ganan la guerra y que se va al pueblo a solucionar algunos problemas antes de alistarse como voluntario y oficial para ir al frente. Su sentido de familia, patria y hogar son incuestionables. Le da un beso en la mejilla y se despide con un “hasta dentro de un rato, madre”.
Caminando hacia el pueblo, ya que el bueno de Alan vive en las afueras orientales del mismo, se va encontrando con vecinos que lo abrazan y saludan. Como mencioné antes es un hombre muy querido. Al llegar al centro de la plaza ve a su primo y corre a saludarlo. -¿Qué tal primo, hermoso día y hermosas damiselas las que mis ojos ven?-. Mal, responde su primo, ¿te has enterado de la buena nueva? Perdemos la guerra Alan, y tú pensando en irte al frente. Te van a matar. No seas exagerado- contesta nuestro protagonista- además, sabes que quiero ayudar a que nuestro país sobreviva ante la barbarie que intenta imponerse. En ese preciso instante aparece un habitante con varios periódicos y un cúmulo de gente se congrega alrededor suya preguntando qué tal van las cosas. Obviamente, gran parte de la población de este pueblo no aprendió a leer, por lo que Alan y su primo se dirigen a recoger los periódicos y leerlos. El primo, lee en voz alta el titular antes leído por su primo en casa y afirma que van a perder la guerra y que están perdidos. Esto es negado in situ por el resto de ciudadanos del pueblo, los cuales se enfadan y empiezan a increpar al primo tachándolo de traidor y mentiroso. ¿Cómo va a decir la verdad? Ellos creen que van ganando la guerra, y no va a venir un sucio forastero (ya que el primo de Alan vive en la ciudad más cercana) a contar sucias mentiras. Éstos, exaltados por el espíritu nacional lo llaman perjuro y golpean por detrás, empujándolo y tirándolo al suelo. El primo, empieza a correr y huye del sitio mientras la turba lo persigue a golpe de piedra y gritos de traidor. Entre medias de la turba se escucha que quiere la muerte del presidente y que era un espía, lo que ocurre, es que entre tanto grito nadie atiende a diferenciar la voz de la acusación de la del propio primo, por lo que la masa, enfurecida, asume como afrenta el grito de uno de los perseguidores. Y aquí empieza el circo. A partir de aquí, la cosa va a ponerse “cruda”.
Alan intenta quitar hierro al asunto entre risas y jovialmente comenta que todo ha sido un malentendido y que su primo solo estaba leyendo el titular del periódico. Uno de los perseguidores exclama que Alan ha dicho que muerte al presidente y muerte al rey y no hay manera humana o divina que saque de su ensimismamiento a la turba. Unos empiezan a decir cosas que dicen haber oido, otros aseguran cosas que han visto, y así, como en el “teléfono escacharrado”, comienza una retroalimentación fatídica que vaticina que las cosas están jodidas para el bueno de Alan. Porque la turba es así, no piensa. No medita. No razona. No dialoga. Solo afirma y aterra. La turba, a poco que se la azuce, se convierte en horda.
Los vecinos que por el camino saludaban y querían a Alan ahora lo golpean. Todo comienza con un golpe flojo en el pecho, un empujón en la espalda. Siempre hay una mecha que inicia el incendio. Y comienzan los golpes. Todos lo rodean y golpean con los puños al grito de traidor. Quien tiene un palo, lo usa. Quien no llega por la aglomeración de cuerpos, lanza una patada con el deseo de alcanzar al traidor. Insultos de la peor calaña. Pedradas. No hay compasión para Alan. No hay paz para los malvados. Lo escupen y lo humillan. Ya solamente queda el frenesí de la sangre. La cobertura del grupo. Cuando intenta levantarse con el cuerpo dolorido, siempre llega otro golpe que lo derrumba en el suelo. Incrédulo. Abatido. Sin creer lo que está viviendo. ¿Estos son sus vecinos? ¿esos son los amigos de la infancia? ¿el carnicero al que compra cada semana? ¿el tabernero al que siempre dejaba propina? Después de un buen rato de este espectáculo criminal, alguien asume que lo mejor es colgarlo del cerezo cercano ya que, igual que una bandera, es mejor que los traidores ondeen al viento.
Alan va rodando a base de patadas hasta la base del árbol donde uno de los niños del pueblo, el más listo y pícaro, ya está subido colgando la cuerda y preparando los nudos que dictarán sentencia. Una vez colgado y asfixiándose, la rama se parte y es cuando una joven del pueblo, históricamente enamorada de Alan acude al cura para que lo salve. Éste, sale corriendo con una pistola y aparta al resto de vecinos que vacilan ante la mera presencia del arma. Dos amigos de Alan, intentan levantarlo y sacarlo de ahí, con los huesos rotos lo arrastran hasta la puerta del alcalde para ver si él, con su autoridad, es capaz de poner orden y salvar al hijo primogénito del pueblo. Al ver el panorama y la turba, el alcalde como buen gobernante denota y evidencia una realidad, y es que Alan no vive en el pueblo pueblo, y que eso es problema de otro ayuntamiento, no del suyo. Y cierra la puerta, no sin antes instar a que la turba se lo lleve a otro lado. En este momento consiguen apartar a los amigos y lo capturan de nuevo para iniciar la carnicería. Lo recoge su amigo de la infancia, con quien iba a cazar cangrejos todas las mañanas a la ribera del río, el herrero, y este tiene planes para él. -¡A mi taller!- grita, y para allá que van.
Mientras lo arrastran intentando forcejear y zafarse de sus compatriotas, estos siguen dandole puntapiés e insultándolo hasta llegar al potro. Lo atan. Y tras descalzarlo, su amigo coge unas tenazas y le arranca de un tirón el dedo gordo del pie como quien saca un clavo de la pared. El público ríe mientras un grito inhumano inunda el taller. Alan, tiene problemas para andar desde niño por un problema en una pierna, por eso estuvo exento de ir al servicio militar, asi que tienen a bien echarle una mano y coger una herradura y clavársela. Clavo a clavo. La nueva prótesis rompe 26 huesos del pie de Alan al cántico de “Capitán de caballería”. Alan llora y se retuerce, pero ya no hay amigos cerca. Solo animales inhumanos.
Ana, la chica que había avisado al cura, avisa a todos que lo dejen y vayan a beber a la iglesia pues todos están invitados a abrir los barriles de verdejo que guarda el Pater para ocasiones especiales y de esa forma, en compinche con el cura, consigue ganar unos minutos de oxígeno para Alan. Antes de irse, uno de ellos tiene que asegurarse de que no se escape, asique le acaba de arrancar con las tenazas el resto de dedos del pie. Los gritos desgarrados del joven terrateniente inundan el atardecer de este cálido pueblo.
Ya en la iglesia, todos beben, incluido el cura hasta la extenuación y el éxtasis.
Alan sigue llorando clamando por clemencia. Aludiendo a todo lo que ha hecho por ellos. Los llama por su nombre, les recuerda viejas aventuras o situaciones…pero da igual. Lo sacan arrastrado y lo tiran en un granero donde hay paja seca, paja que hiede a orín de animal y lo encierran ahí hasta que acabe la borrachera. Atado, humillado, golpeado y destrozado, mira al techo por una abertura que da directamente al cielo.
En este momento, el jovencito de la soga aparece en la visión de Alan y con una risa maliciosa, se desabrocha los pantalones y orina encima del joven. Esta magnífica ocurrencia se la comunica al resto del pueblo, los cuales, progresivamente va bajando el alcohol y aumentan las ganas de miccionar, van pasando por el urinario público improvisado. Y como el ser humano tiende cada vez a estirar el chicle un poco más, no hubo quien tuvo problemas intestinales y probó a desovar en el granero.
Ana, entra a dar de comer a Alan y en este momento es asaltada por el entrañable niño, el cual la fuerza y obliga a mirar a Alan, quien desde siempre, había estado secretamente enamorado de ella. Entre gimoteos, intenta balbucear algo pero para entonces los beodos habían vuelto al granero. Ya no quieren escuchar nada, asi que con una barra de hierro le golpean en los dientes. Alan nota como bailan en su boca. El sabor cobrizo y el dolor inundan su cabeza. En este momento, todos se empujan par apegarse, para imprimir su marca en el cuerpo enemigo. Quien acaba de golpear se retira, deja paso a otro que, propinando su garrotazo, desaparece para ser sustituido por otro en seguida. Una línea de producción perfecta. Esta gestión instintiva y colectiva de la matanza diluye la responsabilidad.
Traen un rastrillo, y tumbado en el suelo le rasgan el pecho marcándolo como ninguna amante lo había hecho hasta ahora. La sangre corre. Uno de los vecinos decide colgarlo en otro árbol más resistente así que deciden ir un par de calles más allá. Por el camino lo llevan en volandas ya que es un amasijo de ropa, carne, sangre y huesos. Al pasar por una tina local, uno de los comensales se acerca y decide con su tenedor, clavárselo en el ojo, porque ningún traidor puede osar mirarle mientras come. Un grito atroz sale de la garganta de Alan, quien extasiado pierde el conocimiento.
Portado hasta el mercado, deciden tirarlo al suelo, momento en el que recupera el conocimiento, solo para ver cómo en grupos perfectamente coordinados están atando cada una de sus extremidades con una cuerda. -Por favor, por favor no- balbucea como buenamente puede, previendo lo que se venía. Lo peor fue el sonido y la sensación de que se desmontaba. Una a una sus articulaciones fueron saliéndose de sus carriles mientras sus captores gritaban ¡tirad, tirad!. Imagina un cuerpo desecho. Imagina un ser cuyas articulaciones están en ángulos antinaturales. Eso es Alan en este momento.
En ese momento llega el alcalde, ante los gritos de los vecinos y al soltarlo, Alan, se arrastra como puede debajo de una carreta que hay en medio de la carretera. -¡Estáis molestando! ¡Haced lo que queráis con él, pero no en medio del pueblo! Por mí como si os lo coméis, pero liberad el camino-. ¿Imagináis qué viene ahora?
Apilan leña a un lado del camino y lo crucifican, como a Cristo. Alan ya no tiene energía para emitir ningún sonido más allá de gorgojeos. Solo reza para que su sufrimiento acabe pronto. Así fue como murió Alan, quemado en una cruz. El salvajismo no se queda aquí por supuesto, ya que alguien tiene la maravillosa idea de, ante el olor a carne quemada, probar un cachito de piel ¡Y estaba buena!. Asique, como había sido un invierno duro y no todo el mundo tenía dineros para comer carne a menudo, gran parte del pueblo decidió servirse su parte.
¿Qué te ha parecido? ¿Salvaje verdad? Si has llegado hasta aquí quiere decir que tienes estómago. Ahora voy a revelarte lo verdaderamente jodido de esta historia cruenta y macabra sacada de las pesadillas de Stephen King y del guionista medio de cualquier peli de cine B gore. Es una historia real. Y por si tienes la tentación a pensar, “bueno, esas cosas pasan a 3.000 km de distancia, en medio de la selva o cuando no había civlización”, déjame decirte que te equivocas. La historia que te acabo de contar es la historia de Alain De Moneys de un pueblo de Francia llamado Hautefalle, a unos 300 kilómetros de San Sebastián. Y no, esta historia no es de la época prerromana por citarte un caso (el historiador Apiano, por ejemplo, cita que durante el sitio de Numancia se recurrió al canibalismo), sino que es algo que pasó a finales del siglo XIX. No hace ni 150 años de esto señoras y señores. Da que pensar. La historia de De Moneys la recoge un autor francés llamado Jean Teule, y el libro, muy cortito por cierto, se llama Los Caníbales (muy difícil de encontrar, salvo si usas Bibliotecas Secretas “guiño guiño”).
Con esta pequeña historia me gustaría que te parases a pensar en tu (s) grupo (s) y el grado de fusión que tienes con ellos. Quiero que pienses en esa persona que se te venga a la cabeza y que no piensas como ella, y trates de pensar en el pobre Alain de Moneys (independientemente de la idea que estemos debatiendo) y te preguntes si estás ejerciendo como masa o como individuo librepensador. A veces se puede volver difusa la línea entre ambos. Decía Ortega que “a la vez que enseñas algo, enseña a dudar de ese algo” así que me gustaría que por una vez, sí hiciéramos verdadera memoria histórica y recordáramos lo que nos contaron lo que nos antecedieron, dejemos un pequeño espacio para pensar en que igual me estoy equivocando. O sencillamente el que tengo en frente, no piensa como yo. Y ya. El siglo XX lo tenemos al lado, echémosle un ojo, para ver si hay algún paralelismo. Como diría Debord “la sociedad del espectáculo no es un sueño que hay que realizar sino una pesadilla de la que hay que despertar”.
El grupo es necesario. Sin grupos no somos nada, ya que la cooperación ha sido una de las muchas claves de nuestra evolución y dominio. Pero no podemos olvidar que bajo el pensamiento de grupo, subyacen individuos con sus pequeñas idiosincrasias que los hacen únicos, y verdaderos. Tanto en el endogrupo (el nuestro), como en el exogrupo (el suyo). Cuidado con el vecino y agitar la llama. Con todo, revisar este caso ha sido fascinante y bello en toda su inconmensurable crueldad. Como diría mi querido DeQuincey “Caín, el primero de los asesinos, tuvo que ser un hombre de genio extraordinario”.
-La colmena o el individuo- claman ahora algunos sofistas. Y menudo sofisma.
Y tú, dime ¿qué es lo que te comes? Te leo.
Referencias:
Teulé, J. (2010). Los caníbales (M. Serrat Crespo, Trad.). Ediciones B.
Arendt, H. (2006). Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal (C. Ribalta, Trad.). Debolsillo.
Debord, G. (2005). La sociedad del espectáculo (J. L. Pardo, Trad.). Pre-Textos.
Aristóteles. (2014). Ética a Nicómaco (J. L. Calvo Martínez, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original: s. IV a. C.)
Moros Peña, M. (2008). Historia natural del canibalismo: Un sorprendente recorrido por la antropofagia desde la antigüedad hasta nuestros días. Nowtilus.
Malo, P. (2021). Los peligros de la moralidad: Por qué la moral es una amenaza para las sociedades del siglo XXI. Deusto.
Le Bon, G. (2022). Psicología de las masas. Morata. (Obra original: 1895)
Hobbes, T. (2018). Leviatán: O la materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil (C. Mellizo Cuadrado, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original: 1651)
De Quincey, T. (2013). Del asesinato considerado como una de las bellas artes (L. Loayza, Trad.). Alianza Editorial. (Artículos originales: 1827 y 1829)
